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Por qué las kokedamas son la mejor opción para decorar pisos sin espacio

Kokedamas colgadas en un balcón pequeño del Eixample como solución de decoración para pisos sin espacio
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Seis bolas de musgo cuelgan ahora mismo de la barandilla de mi terraza, y ninguna está a la altura desigual que recomiendan los blogs de decoración nórdica para que quede todo armónico. Vivo en un piso de cuatro metros cuadrados de balcón en el Eixample, orientado al norte, el mismo rincón donde aterrizo entre entregas de diseño freelance cuando necesito dejar de mirar una pantalla. Cualquier maceta de barro que meto de más se convierte en un obstáculo con el que tropiezo camino al café. Las kokedamas me sacaron de ese lío de espacio en un piso pequeño, pero no de la forma en que la mayoría de artículos de decoración cuenta la historia, y ese hueco entre el mito y lo que pasa de verdad en una terraza real es justo de lo que quiero hablar hoy.

Antes de seguir, una aclaración rápida en plan WhatsApp: como diseñadora freelance metida de lleno en esto de las plantas, algunos enlaces de este cuaderno son de afiliado. Si alguien compra un curso a través de uno de ellos, a mí me llega una comisión pequeña y a quien compra el precio no le cambia nada. Esa entrada ayuda a pagar sustrato, musgo y las semillas que nunca germinan. Todo lo que menciono aquí lo he probado con mis propias manos, encorvada sobre alguna superficie de la terraza.

El mito de que basta colgar algo para decorar un piso sin espacio

Se dice mucho que basta colgar una planta para resolver el problema de espacio en un piso pequeño, como si el aire vertical fuera gratis y sin condiciones. Antes de llegar a las kokedamas probé la versión con más aparato: un kit de hidroponía comprado en un Black Friday, con la promesa de un huerto futurista que cupiera en cualquier rincón. Nunca entendí cómo leer el pH sin sentir que había vuelto a clase de química, así que la caja terminó reconvertida en estante -- encajada hoy en la balda de abajo de la estantería de palet que tengo atornillada a la pared de la terraza --, y la planta que sobrevivió acabó, sin ceremonia, en una maceta cualquiera.

Kit de hidroponía reconvertido en estante inferior de una estantería de palet, en una terraza pequeña de piso

Durante meses después llené el resto de la terraza de macetas de barro tradicionales, tropezando con los platos cada vez que salía con el café, mientras el gato de mi compañera de piso encontraba en cada tiesto una excusa para excavar. No es tan simple como colgar cualquier cosa y ya está: hace falta elegir qué planta y qué soporte aguantan de verdad ahí arriba.

Mi pareja me trajo, sin venir a cuento, una kokedama pequeñita -- una Asparagus envuelta en una bola de musgo compacta -- y confieso que le tuve miedo nada más verla. Había matado una albahaca en tres días: ¿cómo iba a mantener viva una bola de tierra colgando en el aire? Pero ahí seguía, sin ocupar un centímetro de suelo, dándole vida a un rincón de la cocina que ninguna maceta de mi abuela había conseguido llenar. Esa parte del mito sí es verdad: sin maceta, se gana espacio real. La parte que nadie cuenta es todo lo demás.

Cuando el equipo extra no arregla lo que falta de sol

Un mito parecido ronda los grupos de plantas en piso: si el balcón no tiene suficiente sol, compra una lámpara de cultivo y se acabó el problema. Lo probé. Puse una lámpara de cultivo barata en la terraza norte, convencida de que un poco de luz artificial iba a compensar las pocas horas de sol que le llegan a ese rincón entre medianeras. A los pocos días, las hojas exteriores de dos plantas se veían quemadas y secas por los bordes, como si les hubiera dado un golpe de sol imposible en un balcón que mira al norte. La guardé y no la he vuelto a sacar.

Lo que sí funciona es mucho menos vistoso: mover la maceta o la kokedama unos centímetros dentro de la propia terraza, probar distintos puntos a lo largo del día y aceptar que alguna planta, sencillamente, no va a estar cómoda ahí. No hace falta tecnología para resolver esto. Hace falta observar antes de comprar.

Prescindir de la maceta no significa prescindir de cuidado

Quitar la maceta reduce peso y volumen visual, eso es innegable. Cuelgo las kokedamas de la barandilla de hierro de la terraza -- todavía noto el frío del metal en las palmas cuando salgo a regarlas los sábados de marzo, con la pintura descascarada rozándome los nudillos -- o de algún gancho en el techo (hace poco escribí sobre cómo colgar kokedamas en el techo sin hacer grandes agujeros, importante si no quieres jugarte la fianza). El suelo queda libre. Pero ahí se acaba lo fácil: el musgo retiene la humedad de otra manera que el barro cocido, así que el riego cambia de ritmo, y si el sustrato de dentro no está bien mezclado, la bola se deshace al segundo o tercer baño.

Además, en un huerto urbano de cuatro metros cuadrados como el mío, ganar altura significa que ahora caben muchas más plantas en el mismo hueco donde antes entraban dos macetas grandes, y el peso total baja bastante -- algo de agradecer en un edificio antiguo donde no conviene sobrecargar la estructura --. La vecina del cuarto ya me ha preguntado varias veces qué son esas pelotas verdes que se ven desde la calle, así que a estética tampoco le falta gancho.

Cuando empecé a montar las mías busqué ayuda en un curso de HUERTOS ORGÁNICOS, no porque hiciera falta un título, sino porque necesitaba entender qué sustrato mezclar con la akadama para que las bolas no se me deshicieran en las manos. Tiene tramos de teoría más largos de lo que me hubiera gustado antes de llegar a la práctica, y las reseñas que dejan otros compradores no son perfectas, pero la parte de sustratos accesibles, sin meterse en hidroponía cara, me sirvió más que cualquier vídeo suelto que encontré por mi cuenta.

Colgarlas todas a distinta altura: el consejo que se cae con un gato en casa

Neus, una lectora que escribe desde Girona, me preguntó hace poco por qué nunca cuelgo mis kokedamas todas a la altura desigual que muestran las fotos de decoración escandinava - de esas preguntas que te obligan a pararte a pensar antes de contestar por WhatsApp -. La respuesta corta: hay gato en casa, o mejor dicho, mi compañera de piso lo tiene, y el consejo estándar del jardín flotante se rompe en cuanto una bola de musgo empieza a balancearse con la brisa. Monté una de hiedra preciosa cerca de la ventana y, en menos de una tarde, la encontré deshecha en el suelo del salón, con el gato sentado encima como si acabara de cazar algo de verdad.

Gato curioseando una kokedama colgante junto a una ventana, el riesgo real de colgar plantas en pisos con mascotas

Desde entonces mis kokedamas viven en estanterías altas o apoyadas en cuencos de madera, y la verdad es que quedan igual de bien -- mejor, incluso, porque no hay hilo de nylon compitiendo con la vista --. Oriol -- antiguo compañero de piso, ahora en Gràcia -- pasó el otro día y lo primero que preguntó, mirando los cuencos, fue si no se me caían igual con el viento. No, si eliges un cuenco con peso suficiente y una base que no resbale. El mito de la altura variable funciona de maravilla en una casa sin mascotas; en la mía, apoyar gana siempre.

Cómo saber si tu kokedama va bien, sin mito de por medio

La señal real de que una kokedama va bien no es que esté bonita por fuera, es lo que pasa por debajo. Giré una de las más viejas para revisar la base, sin motivo especial, y vi un puñado de raíces finas como hilos asomando entre el musgo -- esa es la pista que uso para saber que toca rerootear, no un calendario ni una fecha fija --. Ese detalle nunca sale en los posts de decoración que solo enseñan la foto bonita junto a la ventana.

Manos formando una esfera de musgo y sustrato para armar una kokedama casera en un piso pequeño

Para afinar la técnica de armado busqué el enfoque de El Negocio de las Kokedamas, aunque el nombre suene a otra cosa -- lo que me interesaba era la parte de materiales caseros, de esos que se consiguen en cualquier jardinería de barrio, y cómo lograr un acabado que no pareciera un experimento de primaria. Con eso y unas cuantas tardes de práctica sobre la mesita de plástico que tengo reservada para esto en la terraza, la diferencia entre una bola que se deshace y una que aguanta se volvió mucho más clara.

Así que si vives en un piso donde hay que elegir entre una planta y la bicicleta en la entrada, la kokedama sigue siendo buena respuesta -- pero no por el motivo que repiten los mismos diez consejos de decoración. Es buena porque, entendida de verdad, se adapta al espacio raro que tienes en lugar de al revés. Si quieres seguir tirando del hilo del sustrato y el riego, ahí sigue el curso de cursos de huertos orgánicos que menciono arriba, pensado para quien empieza tan perdida como empecé yo.

Kokedama terminada sobre soporte de madera junto a la ventana, ejemplo de decoración para pisos sin espacio

Mañana quiero comprobar si el tomate del otro extremo del balcón por fin se pone rojo, pero esta noche me voy a la cama con las manos todavía ásperas de sustrato. Las kokedamas ganaron su sitio en mi terraza, pero lo ganaron adaptándose a mis manías -- el gato, el norte, la falta de sol -- y no por ninguna magia de Pinterest. Buenas noches desde el Eixample.

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